Las señales invisibles

Las señales invisibles

Siento que este mundo en el que vivimos está lleno de señales invisibles. Las visualizo como pequeños nudos que palpitan ahí debajo (o detrás) y sujetan la estructura de nuestras vidas, que es como una especie de enorme telaraña que no vemos pero sobre la que trascurre nuestra estancia aquí. Unas veces las secuencias que vivimos se suceden del tirón, sin trabas ni obstáculos, pero otras se detienen justo en aquellos momentos en los que nos sentimos en una encrucijada. Hay tantas dudas… Las señales serían, en mi mente, como esos nudos que de vez en cuando afloran, se materializan en algo y nos indican una dirección por donde tirar. O por donde no.

Unas señales las buscamos, las necesitamos para darle un sentido a lo que hacemos. Recuerdo que de pequeña recorría el trayecto de mi casa al colegio saltando las sombras de los coches que pasaban veloces a mi lado por la carretera de la Playa. No debía pisar ninguna. Si lo conseguía, Pablo Russo me pediría salir. Ese era el pacto entre las sombras y yo. Espero que él no lea esto. Me moriría de vergüenza: nunca le dije que la culpa de que no se fijara en mí la tuvieron las malditas sombras que se arrastraban fieles a sus dueños. Era imposible que todas ellas quedaran intactas a lo largo de aquellos quinientos metros de trayecto.

Otras señales… otras estoy segura de que nos rondan y no somos capaces de detectarlas. ¿Y no es eso justamente lo que hacemos los escritores con nuestros personajes cuando diseñamos para ellos esas telarañas que denominamos tramas y que fluyen solapadas debajo (o detrás) de sus vidas? Porque eso es lo que hacemos con nuestros personajes: los ponemos a vivir y a veces les mostramos esas señales. Hacemos que se pierdan, que busquen aquello que desean y no tienen, aquello que tenían y alguien o algo se lo ha arrebatado. Y cuando están en el momento de máxima tensión, de máxima confusión, zas, aparece algo, un objeto, una canción, un recuerdo que se cuela sin permiso, algo que los desatranca, los hace conscientes y lúcidos aunque sea por un instante, y los sopla por detrás para que den ese pasito que necesitaban dar. Como escritora, me gusta jugar con las señales, inventármelas, fabricarlas y mostrárselas al personaje principal cuando está perdido y está a punto de caerse a no se sabe dónde. Me gusta encenderle esa bombilla.

El otro día, en una quedada con unos amigos en el Pardo, les conté que un cliente mío que vive en Nueva York, al que había corregido una novela, me había invitado a alojarme en su casa este mes de agosto. A mí y a mi familia. Un acto de generosidad teniendo en cuenta que no nos hemos visto en la vida y que nuestra relación ha sido siempre de trabajo y en formato virtual. Incluso se ofreció a pagarme por adelantado un trabajo que tengo pendiente con su novela a la vuelta del verano. Increíble. La cuestión es que ya a última hora (dio mucho que hablar mi viaje a N.Y. y ya se había hecho muy de noche) se me ocurrió contarles una anécdota que me había pasado semanas antes con esa novela y con ellos como personajes secundarios. Tal que un miércoles, yo estaba trabajando en mi casa, leyendo la parte en la que Elvira, la protagonista, una mujer ecuatoriana que viene a Madrid a buscarse la vida, encuentra por fin un lugar donde hospedarse en la calle Isabelita Usera. Hasta ahí, todo normal. Simplemente me llamó la atención el nombre de la calle. Me pareció bonito, sonoro. Pero ya. Al día siguiente, yo había quedado con este mismo grupo de amigos en el Matadero para ver una obra de teatro. Nunca me muevo en coche por Madrid, pero ese día… ese día cogí el coche. Di varias vueltas buscando aparcamiento al tiempo que maldecía no haberme cogido el metro, tan solo a cinco paradas de mi casa. Cuando por fin encontré un sitio, me bajé del coche y enseguida miré la calle para apuntarla (soy muy despistada). Cuando levanté la vista, zas: «Isabelita Usera». Las caras de mis amigos cuando dije el nombre eran un espectáculo: ojos abiertos, cejas en alto, silencio durante tres o cuatro largos segundos. «Esto es increíble, Clara —rompió el silencio mi amiga Vicky—. Miles de calles en Madrid y ha tenido que ser esa. Esto es una señal. Y hoy estamos aquí para empujarte a que tomes esa decisión: que hagas las maletas, cojas a tu familia y te vayas a N.Y. No puedes decir que no. Algo bueno os va a pasar allí».

¿Esto es lo que se dice una señal? Quizá sí, o, al menos, lo parece. Pero ¿cómo interpretarla? ¿Debía gastarme un dineral y seguir la evidencia que se me había puesto delante de mis narices y que yo no había sido capaz de ver? No lo sé. Lo cierto es que, cuando salí del Matadero, no supe volver a esa calle. Me perdí. Di vueltas y más vueltas a las tantas de la madrugada por un barrio de fantasmas. Nada. En mi cabreo monumental conmigo misma por mi pésima orientación, me defendí pensando que la habían borrado del mapa, que alguien o algo se había confabulado con los astros para molestarme precisamente ese día, para impedir que aquella noche acabara bien. Tuve que coger un taxi que tardó exactamente tres minutos en devolverme a mi coche.

No sé, pero veo que realidad y ficción tienen elementos mágicos en común. Un algo que está pero a la vez se esconde, que sobrevive entre la realidad pero que no pertenece a ella. Eso que tan bien nos mostraba Cortázar en sus relatos. Nosotros, los escritores, manejamos esos elementos de la ficción. Me gustaría saber quién maneja los de la realidad. Todavía no hemos decidido si sí o si no nos vamos a N.Y. Necesito otra señal.

Clara Redondo

Escritora y profesora de RELEE
Entrada publicada en RELEE

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